La figura del MACERO en Almoradí

Maceros de Albacete a principios del pasado siglo
El Macero es uno de los grandes, y a la vez, desconocidos personajes que forman parte de nuestra historia.

Se trataba de un funcionario municipal que encabezaba todas las solemnes comitivas y simbolizaba el poder de la autoridad, llevando en su mano una maza. Su origen es muy antiguo, y en nuestro pueblo ya aparecen referencias a su figura a finales del siglo XVIII.


En 1796 se solicita la compra de una nueva cota para el macero (la “cota” era un tipo de vestidura o armadura militar) y que debido a los muchos años que tenia se encontraba ésta algo rota, descolorida é indecente, por lo que era preciso cambiarla para el día de Ntro. Patrón San Andrés.
El 14 de octubre de 1796 se aceptaba el presupuesto de la nueva cota firmado por el “Sastre de la Villa” Pedro Martínez y que constaba de: Diez varas de Damasco Carmesí para ella, mangas colgantes y pechos; dos varas de Tafetán doble carmesí; dos barras de lienzo para el forro y por los recados y mano de obra de todo hace un total de 37 libras.
El color predominante en éstos trajes era el rojo, en todos los reinos cristianos se usaba este color.
ºEncuentro referencias a éste personaje a lo largo de toda la primera parte del siglo XIX.
En principio, los maceros aparecían exclusivamente en las ceremonias solemnes de los reyes, como símbolo de la autoridad del soberano; no obstante, con el tiempo, también las instituciones que poseían autoridad -bien fuera por delegación real, como las audiencias, o por representación propia, como los ayuntamientos- pudieron hacer uso de ellos en sus solemnidades, como personajes alegóricos de su jurisdicción; más adelante, se amplió la concesión de este privilegio a otras corporaciones y organismos como las universidades o las diputaciones, en cuyos actos oficiales aún suelen aparecer.

Historias de perros (1)


Tengo una vieja colección de imágenes que tomé hace algunos años, debe hacer más de veinte, y que me sirvieron para denunciar la situación en la que entonces vivían algunos de éstos animales. Me gustaría creer que afortunadamente forma parte del pasado y que ya no se repiten las mismas historias y situaciones, pero no es así.
Los que tenemos un perro en casa, los que convivimos diariamente con ellos, sabemos mejor que nadie como sienten, sufren y se entregan sin condiciones.
Internet está plagada de grandes historias de perros, de fidelidad, de hazañas… Las mías son pequeñas, creadas a partir de una fotografía, y en las que lamentablemente suele haber maltrato y abandono, así que, seguro que no a todos os gustarán.
Advertidos estáis.

Pero no todo es tristeza, y como prueba de buena voluntad, ésta primera foto que acompaño lo hago al hilo del pequeño artículo que publiqué hace unos días sobre los pastores. Está tomada por la zona de la Plaza Ciudad de Elche (seguro que reconocéis la casa del fondo), y nos muestra un enorme rebaño de ovejas con su “oficial” al mando. 
Me parece increíble ver a éstos perros como controlan su rebaño, siempre alerta, buscando a la pobre que se queda rezagada y ladrándole para que acelere su paso renqueante y se una al resto.
Sus vidas, como la del viejo pastor, están hechas a su rebaño, y en ese pequeño mundo suelen vivir hasta que sus patas ya no responden.
Nunca he visto un perro cojeando rezagado detrás del rebaño.
Lo cierto es que ya no veo ningún rebaño, deben haber sido engullidos por el progreso, bendito progreso. 

LOS BANCOS


En el Paseo de finales de los años sesenta existían unos enormes y flamantes bancos de piedra, seguro que todos los recordáis, donde transcurría una parte importante de las tardes de nuestra infancia. Sentados en la parte de arriba, con los pies en el propio asiento (¿existía otra manera de sentarse para unos críos de ocho años?), nos comíamos los sidrales comprados al “tío Callosino” y hacíamos los equipos para jugar los “sagrados” partidos de futbito con una minúscula pelota que también vendía. 
Me veo con los pies subidos en un pequeño entrante que hacía de escalón del kiosco y al Callosino, genio y figura, dándome en las manos para que soltase el dinero…
Nunca me elegían de los primeros, no debía ser ningún figura, pero lo importante es que acababa jugando con el resto de compañeros. El campo lo teníamos allí mismo, entre dos de los enormes bancos que tenían un pequeño entrante en el centro, yo creo que a caso hecho, para que pudiesen ser utilizados de porterías. Nos parecía un ingenio arquitectónico lo bien aprovechados que resultaban aquellos bancos: asientos por los cuatro lados y a dos alturas; porterías de fútbol; jardineras para los enormes árboles que además servían de papeleras; mirador para procesiones y desfiles...
Los partidos solo acababan cuando llegaba el “Jaimón el guardia” y nos decía que allí no se podía jugar a la pelota, 
¿Qué no se podía jugar a la pelota? 
Solo hasta que se marchaba…    
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