Hoy es

"Las cinco Tahúllas"



José Martínez
Pepe suele venir a dar una vuelta por las mañanas, a su huerta, ó mejor dicho, lo que queda de ella. Sus cinco tahúllas se habían reducido a dos. Le dieron una miseria para que pudiese pasar la autovía, y se la partieron, con un doloroso hachazo, en dos
ridículos trozos. El trozo que se quedó en el lado de Dolores finalmente acabó por malvenderlo. ¿Para qué quería un trozo de tierra separado por una carretera de cuatro carriles?
Finalmente tuvo que conformarse con lo que le quedó, a sus setenta y cuatro años no tuvo ganas de pelear, además lo tenía perdido de antemano. Ahora dicen que hasta van a construir un centro comercial justo por la parte que le queda.
Bueno, -piensa- que hagan lo que quieran, su hijo ni siquiera se acerca por allí, así que si le saca algún duro, pues mejor.
Suele ponerse su sombrero de paja y sentarse junto a la caseta de aperos, mirando cómo crecen las pocas matas de alcachofas y habas que tiene plantadas, sólo para el consumo de la familia, y allí suele quedarse hasta el mediodía, así no estorba en casa y su mujer
no tiene que “obligarlo” a ayudar en las tareas.

Era el segundo de cuatro hermanos, aunque sólo quedaba él. Nació el mismo año que comenzó la guerra, 1936. De ella, no recuerda nada, era muy pequeño, pero su padre le contó mil historias, siempre de otros, nunca de él mismo. Se lo llevaba a la “Almaina”,
como llamaba a su bancal por estar pegado a la finca de ese nombre, en la bicicleta y allí hablaban durante horas. El sabía que su padre se las inventaba, pero daba igual, le gustaba escucharlas. A veces le daba pequeñas pistas de lo mal que tuvo que pasarlo, de
lo mucho que odiaba a Franco. Si hasta una vez, cuando tenía diez años, le dijo que iba a coger la escopeta y pegarle cuatro tiros aprovechando que iba a pasar por el pueblo*.
(*En abril del 46, a consecuencia de unas riadas, Franco visitó la Vega Baja)

En realidad no le importaba mucho haber perdido la huerta, si acaso por el recuerdo, porque nunca había tenido que depender de ella. Sí estuvo trabajando en el cáñamo alguno años, con su padre, pero cuando la fibra sintética acabó por cargárselo, se pasó a la alcachofa, sin embargo, cuando vio la oportunidad de meterse en la industria del mueble no la desaprovechó, y allí se quedó hasta que empezaron a cerrar las fábricas.

Con cerca de cincuenta años le tocó aprender el oficio de albañil y como tal se jubiló.
Los últimos años había estado a las órdenes de su hijo, quien lo iba a decir, metido a promotor, aunque ahora se preguntaba si su hijo no tendría que volver a la huerta y comer de lo que plantase.

Manuel Francisco Martínez (1914-1998) Padre
Manuel murió de pura vejez, ochenta y cuatro años, y derrotado por la guerra y por la vida. Su mujer y tres de sus hijos lo hicieron antes que él. De su vida recuerda muchas fechas, especialmente un 18 de marzo de 1936 cuando fue llamado a filas y destinado a
Alcoy. De allí al frente de Madrid, entrando en las operaciones de Brunete y atacando Villanueva del Pardillo. Murieron muchos compañeros, algunos de su pueblo,
Almoradí, y cogieron a 700 prisioneros. Después nueve meses en las trincheras, entre nieve y bombas, y por fin un permiso para volver a casa. Su hijo, al que no conocía, salió a recibirlo por la “verea”.
Sólo estuvo el tiempo suficiente para volver a dejar embarazada a su mujer y enterarse de lo que había pasado el 6 de agosto del año
anterior, de la quema de los Santos en la Iglesia y las Ermitas, de lo de las campanas…
Él siempre se había sentido republicano, pero esto no podía entenderlo. Finalmente acabó en el puerto, de allí al Campo de Albatera y después más cárcel…cuatro largos años. Cuando volvió sus hijos ya no lo conocían, y tuvo que ganárselos contándoles
historias de la guerra, de lo “bien” que lo había pasado, nunca debían saber la verdad, el dolor, el sufrimiento…

Su mujer supo sacarle provecho a las cinco tahúllas de la “Almaina”, y durante la posguerra le sirvió para que no les faltasen patatas y verduras, así que sentían su huerta como parte de ellos. Cuando Manuel volvió de la guerra plantó cáñamo que mantuvo
hasta que lo prohibieron en los años sesenta. Era un trabajo duro, muy duro, pero agradecido. Podía guardar los quintales hasta que tuviesen un mejor precio y así ganarle unos buenos duros.

José Martínez (1873-1934) Abuelo
José siempre se sintió afortunado. Su padre, además de las cinco tahúllas de la Almaina, le había podido dar estudios en Orihuela, y eso, pudo abrirle muchas puertas.
Era socio del Casino y consiguió meterse en el Ayuntamiento y ver en primera persona los grandes cambios que en aquella época se llevaron a cabo en Almoradí gracias al buen trabajo del alcalde, señor González. Conoció la llegada de la electricidad, y estuvo, en el 27, en la inauguración de las aguas potables (uno de sus hijos había muerto de tifus).
Conoció los primeros automóviles que traían los Marqueses de RioFlorido desde Alicante, y desde luego, estuvo en las primeras filas del Teatro cuando se inauguró en 1908.
Desde entonces no solía perderse ninguna obra ó zarzuela. Hasta tenía fotografías con los más importantes cantantes de la época que visitaron el Teatro.

De entre todos aquellos recuerdos, siempre presumía de haber estado en los combates de boxeo que se celebraron en el Cortés, pero sobre todo, de haberse encargado de traer a Almoradí los
primeros aparatos “Minimax” para la extinción de incendios y haber hecho una gran demostración de ellos en los solares de la calle San Emigdio.
Vivió unos años algo convulsos, políticamente hablando, ya que tuvieron que salir de mala manera del ayuntamiento con la llegada de la segunda República. Pensó que se acabarían las fiestas religiosas, pero don Aquilino (el nuevo alcalde republicano) fue muy respetuoso y mantuvo todos los actos. Murió poco después de las elecciones generales del 33, incluso fue testigo del crimen del mitin del campo de futbol, donde fue asesinado José “El manqué”.

Dionisio Martínez (1852-1931) Bisabuelo
Dionisio siempre estuvo ligado a la huerta, a sus cinco tahúllas y a muchas otras que llevó a “rento”, y a su pueblo, especialmente a la Iglesia y a la Feria.
Participaba activamente en el Prendimiento de Jesús en el Huerto, con la Sección de “Armaos” que brillantemente capitaneaba don Francisco Mellado.
Sólo había estudiado hasta los doce años en la escuela del estado de la calle Donadores. Vio llegar el ferrocarril, en 1884, y con él innumerables cambios, pero no siempre buenos. Fue un firme defensor de la huerta, de ahí que no faltara para defender sus viñedos en el “meting” de enero del 92 (1892), aunque finalmente, la “filoxera” le obligó a arrancarlos. Tampoco faltó al de
1908 en defensa de las aguas del río que se celebró en el recién abierto Teatro Cortés.
Junto a la Semana Santa, su otra debilidad era la Feria. Tenía un caballo con el que participaba en las carreras de cintas que se organizaban por las fiestas, y siempre era el que más cintas ganaba.

De sus tres hijos, sólo el varón se llevó estudios, y era del que más orgulloso estaba. La huerta se la iban a repartir sus hijas, pero el hermano mayor, con más posibilidades, les pagó su parte.

José Martínez (1821-1883) Tatarabuelo
José vivió una vida dura, muy dura, siempre ligada a los recuerdos de su infancia.
Con nueve años le tocó ayudar a desescombrar su casa y sacar el cuerpo de su padre y su única hermana. Fueron llevados en una especie de “camilla” a enterrar al Camino del Río y vio como los echaban a una gran fosa y después el cura decía unas palabras que él no entendía.
A su madre se la llevaron en carro a Orihuela, al Hospital, y él tuvo que quedarse con sus tíos casi tres años, en una barraca del “Camino de Catral” que se habían construido.
Nunca pudo olvidar aquella tarde del 21 de marzo del 29 (1829)..
Recuerda que su madre siempre estuvo muy agradecida al Obispo, que le volvieron a dar una casa, aún más grande que la que antes tenían y que recibió mucha ayuda.

José ya no volvió al colegio, sólo había ido dos años, suficiente para saber de cuentas y salir adelante, además tuvo que cuidar el resto de su vida de su madre, “impedida” de las piernas tras el terremoto.
Se casó y tuvo nueve hijos, cuatro murieron nada más nacer, pero los demás salieron adelante. Se quedó a vivir en la misma casa de su madre, y hasta pudo comprar cinco tahúllas muy cerca de la finca la “Almaina”, cerca de El Saladar, y plantarlas de viñedo.
Cuando le tocó hacer la herencia, la tierra se la quedó su hijo Dionisio…

Imprimir artículo

3 comentarios :

  1. sencillamente impresionado......
    nos traslada en el tiempo con cercanía y nos hace valorar lo corta que es nuestra vida como para no hacer bajo el respeto a los demás lo que entendamos debemos hacer, puesto que la vida pasa volando. Viva la libre expresión y el derecho a hacer lo que nos plazca con respeto a nuestro entorno. Enhorabuena por el post.

    ResponderEliminar
  2. Anónimo3:02 a. m.

    Me ha parecido precioso, soy un fiel seguidor de tu blog, aunque nunca he escrito nada en el. LLevo uno meses fuera españa y desde que decrubí tu pagina no me pierdo ningun post. No se si es por las fechas en las que estamos y que la morriña aprieta pero este me ha parecido especialmente bonito. se nota todo el cariño que pusite en él a la hora de escribirlo,( o almenos a mi me ha llegado)
    Muchas gracias por tu labor divulgativa, por tenernos informados, por trasladarnos en el tiempo con tus historias, pero principalmente por acercarnos a todos los que estamos lejos un trosico de Almoradi.
    Felicidades

    ResponderEliminar
  3. Muchas gracias por vuestros comentarios.

    ResponderEliminar

Si te pareció interesante, no olvides comentarlo y compartirlo en tus Redes Sociales. Gracias.