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LA TRAGEDIA DEL PASO A NIVEL (1914)

Anoche, a la hora de la llegada del tren torero procedente de Alicante, se divulgó la noticia de una catástrofe automovilística, ocurrida en el paso a nivel de Almoradí.

En vista de la magnitud de la catástrofe, inmediatamente salió para el lugar del suceso en su propio vehiculo uno de los redactores de “El Liberal”, quien regresó al amanecer del día siguiente con la siguiente crónica:

“El espectáculo que ofrecía el lugar de la catástrofe era horriblemente trágico. Una extensión de terreno como de 400 metros habrá servido de espantoso teatro a la inmensa desgracia ocurrida. El suceso, como ya saben nuestros lectores había ocurrido en el paso a nivel del camino que va de Rojales  a Almoradí, cerca de la estación de éste. Sin duda, la desgracia debió motivarla el exceso de confianza que el malogrado señor Server tenía en el manejo del automóvil. Al parecer, el auto iba a bastante velocidad, cuando los viajeros se encontraron con el tren 144, o sea, el que llevaba los viajeros de los toros a Torrevieja, que avanzaba a toda marcha.

El conductor, ya avezado a estos trances quiso franquear el peligro, confiado en que el coche podía salvar el paso a nivel, a pesar de estar echada la cadena que sirve de guardabarrera. El automóvil saltó la primera cadena sin romperla, y sin duda al franquearla con el juego delantero, la cadena
enganchó el coche por debajo no dejándolo avanzar. A esto se precipitó el tren sobre el vehículo, dándole el primer fuerte golpe y arrastrándolo en la marcha mas de doscientos metros.
Como a unos cincuenta metros del paso a nivel se cayó el cuerpo del que en vida fue querido amigo de todos, don Diego Fontés Alemán. 
Tenía el infortunado señor Fontés la cara completamente destrozada. En el pómulo derecho una profunda herida le dejaba al descubierto la mandíbula.
Un gran reguero de sangre había junto al cadáver. Las piernas las tenía torcidas hacia dentro. En la cabeza, hacia el lado izquierdo, tenía una herida bastante profunda, de la que también le manaba abundante sangre. Los ojos entornados dejaban ver la retina, vidriada, cadavérica.
Varios metros más arriba en dirección a Rojales y al lado derecho de la vía estaba el cadáver del doctor Viviente. Este señor era el que estaba más desfigurado. Tenía la cabeza completamente destrozada y el cuerpo aplastado. La cara era una masa informe de tierra y sangre, que apenas le dejaba ver las facciones del rostro. La pierna izquierda aparecía contorsionada en sentido inverso y la derecha estaba quebrada por la tibia en su tercio inferior, habiéndose roto el pantalón y saliéndole el hueso a la parte afuera. En las manos también tenía lesiones y arañazos.
El Inspector del timbre, señor Laso, cuando acudieron las primeras personas al lugar de la catástrofe, aun tenía vida. El tren detuvo la marcha y el cuerpo del señor Laso fue depositado en el furgón de cola. Allí le prestaron los primeros auxilios un médico de Rojales y el doctor Meseguer. El desgraciado don Gabriel Laso estaba agonizando y los auxilios de la ciencia resultaron inútiles, pues falleció media hora después de ocurrir el suceso, en el citado furgón.
Los auxilios espirituales se los prestó el vicario de Almoradí don Antonio García.
El señor Laso tenía una fuerte lesión en la cara, el labio hinchado, y de la boca le salía un hilillo de sangre que le había manchado el guardapolvo, la chaqueta, el cuello, la corbata y la camisa.
El infeliz y desgraciado don Ramón Server fue arrastrado, ocupando su puesto en el volante del coche, a una distancia de cuatrocientos cincuenta metros del sitio donde el automóvil recibió el topetazo del tren. El señor Server, con el vehiculo, cayó al lado izquierdo de la vía, quedando en el asiento del conductor, inclinado hacia la izquierda y con los brazos colgando.
No tenía en el rostro ninguna lesión, pareciendo que se había quedado dormido en aquella postura.
Sin duda debió matarle algún fuerte golpe recibido con el volante en el pecho. Las ropas de esta victima estaban en desorden.
Las lesiones que sufre el joven director del Garaje Internacional don José Pascual Riquelme, hijo del Marqués de Peñacerrada, afortunadamente no tienen la gravedad que se creyó en un principio.
El señor Pascual solo ha sufrido ligeras lesiones en las manos y piernas, y una pequeña herida en la cabeza, que le produjo una ligera conmoción.
Cuando acudió gente al sitio de la catástrofe el señor Pascual se levantaba del suelo y febril  é instintivamente sacaba de la petaca un cigarro que quería encender sin abrir el encendedor, que también tenía en la mano.
Al propio tiempo pronunciaba palabras incoherentes, preguntando por su primo el Marqués de Río-Florido, que habita accidentalmente en Almoradí, pidiendo que le dieran de cenar y deseando enterarse de la suerte de sus compañeros.
El señor Pascual entró después en una crisis nerviosa.

Seguidamente de ordenar el juez el levantamiento de los cadáveres, estos fueron depositados en cuatro carretas al cementerio de Almoradí, con las debidas precauciones. Allí quedaron depositados, entrando a la derecha: primero, casi junto a la puerta, el cadáver de don Ramón Server, con la mano derecha apoyada en el pecho y, al parecer, dormido. Más a la derecha y cerca de la tapia del cementerio estaban los cadáveres de don Gabriel Laso y don Diego Fontés, y hacia el fondo, el cadáver del doctor Viviente.
Allí estaban velando a los cadáveres numerosos vecinos de Almoradí.
Varios señores llegados anoche de Almoradí nos dijeron que en vista del estado de descomposición en que se encontraban los cadáveres de las infortunadas víctimas de este suceso, se había hecho totalmente imposible el trasladarlos a esta capital, por lo que se decidió darles sepultura en el cementerio del citado pueblo."

Crónica resumida del libro "Sucesos de Almoradí"
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