Hoy es

Almoradí, Emporio.



Almoradí es, sin duda, el pueblo más huertano de la huerta. Pudiera decirse que está en el cogollo de ella, o que es el cogollo mismo. Es cómo un islote blanco rodeado de verde por todas partes. También, como Benéjuzar, su trazado es moderno, perfectamente rectangular y geométricamente perfecto, aunque su estirpe, y, por tanto, su nombre sean antiguos. Como que ambos corrieron la misma catastrófica suerte, apenas hace poco más de un siglo. Pero, en Almoradí, la huerta abraza apretadamente al pueblo, oponiéndose a su expansión, que, si la hace, a causa de su amplio crecimiento, es en dura lucha y forcejeo con ella. La huerta no se resigna a ser vencida por la ciudad, y, si bien cede trozos de sus dominios, es a cambio de meterse en su interior, invadiendo calles y plazas con su mismo lujuriante verdor.
La posición ventajosa, que ocupa, le da jerarquía entre los restantes pueblos de la huerta baja. Y su fisonomía, netamente huertana, corresponde a sus orígenes, a su carácter y a su proyección como emporio indiscutible de toda la región. Es, de todos, el pueblo que más se identifica con su razón de ser; el más compenetrado con los problemas huertanos, y el más firme y seguro en su destino. Por ello ese rango, bien ganado, de capitalidad.
Goza fama, entre los demás, de pueblo rico, bastante rico. Hay quien le llama “el pueblo de los millonarios”: de los millonarios que no lo parecen, porque, a pesar de serlo, siguen trabajando, con el mismo coraje y la misma modestia que si no lo fueran. La verdad de los pueblos, como la verdad de los hombres, está en no ser traidores a su estirpe. Y, su éxito, en saber administrar su potencial espiritual, sin torcer su destino histórico. Por eso, el auge económico de que disfruta no ha de entenderse como triunfo de lo material, por esa especial dedicación de sus habitantes para esta vertiente del vivir; sino como misión que cumplir, tan espiritual, tan noble y tan bella, como cualesquiera otros programas de la más ilustre colectividad. Esta manera suya de ser está bien confirmada si analizamos su modo de sentir. Antes de conocer yo la vida de este hermoso pueblo, no pensaba como ahora pienso de él. Es muy otro en su intimidad, cuando prescinde de sus afanes materiales y negocios. Sabe dar a Dios lo que es de Dios y a los bienes terrenales lo que les corresponde, poniendo al servicio de sus profundas creencias lo más puro de sus intenciones. Su Cristo de las Campanas es su mayor amor: el amor de sus amores. A él van dedicados sus más hondos y sinceros pensamientos y en él confía para todas sus empresas. Ante este símbolo divino que tiene por Patrón, se prosterna toda su opulencia y se rinde, en una entrega total y absoluta de su ser.

Extraído de “Teoría de la Huerta y otros ensayos” de Antonio Sequeros.
Publicado el 13 de junio de 1956 en los talleres de Imprenta Alonso de Almoradí.
(Gracias a Joaquín Pérez)
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1 comentario :

  1. Anónimo8:28 a. m.

    María Teresa Pertusa Rodríguez:
    Es parte del texto de "Teoría de la huerta" de D. Antonio Sequeros en el que relata, describe, su pensamiento de Almoradí. Maravilloso texto. El catecismo de la Vega Baja.

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