Durante años vivieron encerrados en sus casas, dentro de infames agujeros, encajados en dobles muros, o escondidos en altillos. No entendían la guerra, y no querían formar parte de ella. Almoradí no fue una excepción. Fueron los llamados topos, y este es el relato de una historia que nunca ocurrió...¿o sí?
-Juanico…ya
aclara.
Cuando sentía esas palabras y la mano de su abuelo
en el hombro, ya hacía rato que estaba despierto. Tocaba levantarse y echarles
la ración de hojas a los gusanos que roían sin descanso en el altillo del
cañizo.
Con lo delicados que son, y con solo tres dormidas, hay que reconocer
que daba gusto ver lo sanos y grandes que estaban, y esto, gracias a que las
hojas que les daba eran de la mejor
morera de toda la huerta. Un enorme árbol que, por casualidad, encontró dentro
del patio de una vieja casa del camino del río, una abandonada vivienda a la
que le dio por ir a partir del verano del treinta y ocho.
Con sus amigos, Pedrín y el “Tejas”, solían recorrer
los escasos ochocientos metros que separaban el colegio de la casa, justo al
pasar el viejo cementerio, y allí se metían por un agujero del enorme muro de
piedra que daba a una ruinosa cocina, que a su vez, comunicaba con dos pequeños
dormitorios y un cuarto superior al que le faltaba la escalera. No había nada, sin embargo, la dueña de
aquella finca la rondaba habitualmente, y si por un casual los encontraba
dentro, los maldecía y amenazaba diciendo que estaría con sus madres, aunque
nunca debió encontrar el momento de hacerlo.
La “Sunsión, la viuda” (¿Quizá Asunción o
Ascensión?), que así le decían, era una joven y solitaria mujer que llevaba
siempre en sus largas faldas de vichy a un mañaco llorón y mocoso fruto de un
matrimonio que entró en desgracia.
Cuando aún les quedaban ganas y mucha juventud, ella preñada, se
llevaron a su hombre a la guerra y hasta hoy. Desde ese día la “Sunsión” lo espera vestida de luto, como una viuda sin difunto.
Para unos críos de ocho años la guerra era algo lejano,
desconocido… nunca oyeron un disparo, ni un cañonazo, si acaso de vez en
cuando, sentían volar sobre sus cabezas algunos aviones. El “Tejas” tenía un
hermano mayor en el frente, y cuando venía con algún permiso, iban a su casa en
busca de historias que nunca quería contar. Así que, acababan inventando su
propia guerra en la abandonada casa del camino del río, donde Pedrín era “del otro bando” y al que terminaban fusilando
contra el muro del patio. ¿A qué otra
cosa se podía jugar?
A la vuelta arrancaba un buen puñado de hojas de la
morera, las más frescas y limpias, y subía al altillo hasta la hora de dormir,
viviendo cada momento del delicado proceso, viendo crecer y trepar los gusanos por las hebras de la atocha hasta
llegar a fabricar sus “capillos”. Procurando, como le había enseñado su abuelo al
que sus piernas ya no le dejaban subir allí arriba, que tuviesen buena
ventilación y una temperatura constante, solo así obtendrían la mejor cosecha y
unas buenas “perricas” que tanta falta hacían. No le importaba quitarle horas
al sueño, y si la noche amenazaba frio, encender un poco de carbón y dejar el
brasero a la entrada.
Cada mañana el abuelo le preguntaba por los
“busanos” (así los llamaba), y le advertía:
-“Mia” a ver que no cojan la “moscardina”; que si no comen y se “paran” hay que
vigilarlos “pa” que no cambien de color y si lo hacen, lo “mesmo” hay que sacar
los malos y quemarlos en la lumbre…y no subas a “naide”, que les harán mal de ojo y no tenemos
ni Cristo ”pa resarle”.
El día anterior no fue a la vieja casa y cayó en la
cuenta de que no le quedaban hojas para echar a los gusanos. No podía darles de
la morera de su puerta, sus hojas eran ridículamente pequeñas y seguro que
enfermarían, así que le tocó emprender el camino del río y meterse por el
agujero del muro de la vieja casa. Su sorpresa, al acercarse, fue la de
escuchar la voz de “La Sunsión ”
acompañada, como siempre, del llanto de su pequeño.
Juan se escondió y esperó unos minutos, no más de cinco,
hasta que la vio salir cargada con el mañaco y una “capasa” por la puerta del
corral y alejarse camino del pueblo. Entró, se subió a la enorme morera y comenzó a arrancar algunas hojas, cuando
inesperadamente, su mirada se quedó clavada en la ventana del piso superior de
la vivienda, que la tenía justo enfrente, donde un hombre sentado en el suelo y apoyado
en la pared le miraba fijamente.
Le faltó tiempo para saltar del árbol y echar a
correr hasta su casa, el miedo no le dejó ni mirar para atrás, y al llegar se
fue en busca del abuelo para contarle lo que había visto y asaltarle a
preguntas. ¿Quién podía ser aquel hombre de la barba y que hacía allí? Curiosamente,
el abuelo no pareció extrañarse lo más mínimo.
-Juanico,
no “pues” contarle a “naide” lo “cas”
visto, a “naide”; sino, irán a por él, que es un buen hombre, y se lo llevarán en
el “cameón” a los salares como hicieron con los otros. No vuelvas a la casa, a
los “busanos” les da lo mismo, dales de la morera del “Egío”, que ya están bien
gordos. Tienes que jurarme sobre la estampa
del Cristo que no se lo vas a decir a “naide”…
En realidad su abuelo no le respondió a ninguna de
las preguntas. Seguía sin saber quien era aquel hombre y que hacía allí arriba,
y lo más importante, porqué tenía que guardarlo tan en secreto. Tampoco
entendió lo del camión y los saladares, pero un juramento ante la estampa del
Cristo de las Campanas hay que cumplirlo.
Una cosa sí estaba clara, sus gusanos estaban así de
hermosos porque comían de aquel árbol, y si el misterioso hombre estaba allí
escondido, solo era cuestión de acercarse por la noche, cuando estuviese dormido.
Dicho y hecho.
Tuvo la suerte de encontrar luna llena, y así, luz
suficiente para llegar hasta el agujero de la casa y subirse a la morera. No pudo evitar la tentación de mirar a la
ventana del piso superior, pero la oscuridad era total. Sintió un escalofrío…
-Sabes, la
semana pasada mi hijo echó a andar solo, por primera vez, hasta mis brazos, y
eso no lo cambio por nada del mundo. Hoy, cuando me has visto, he imaginado que
irías a contarlo y que vendrían los milicianos del Casino a por mí, pero no lo
han hecho…
No fueron necesarias más palabras. Juan, “Juanico”, se bajó en silencio del árbol
y ni siquiera se llevó las hojas para sus gusanos de seda; a partir de ese día
le hizo caso a su abuelo y comenzó a cogerlas del Egido de Mediodía, al fin y
al cabo, tenía razón, a los gusanos no les importaba… “Sunsión la viuda” con su mañaco siempre a cuestas, solía pasar por
su calle y dedicarle alguna mirada de complicidad y agradecimiento. Las cosas
del pueblo se quedan en el pueblo.
Por fin llegó una mañana en la que su abuelo lo
despertó a gritos: –“Sacabao…la guerra
sacabao”. Fue una fiesta, con cohetes y sin escuela, como en los añorados
tiempos de Feria y procesiones. Y empezó a llenarse el pueblo, unos regresaban
del frente, otros aparecían de no se sabe bien donde, algunos eran
detenidos…habían llantos, risas…y hambre, mucha hambre.
Un día llegó harina al pueblo y durante un tiempo “Juanico”, en realidad todo Almoradí, pudo
comer pan blanco, bendito pan que sabe a gloria, y que a partir de entonces, a
pesar del hambre y sin saber muy bien porqué, nunca volvió a faltar en su casa.
Las largas faldas de vichy que vestía la
“Sunsión” cambiaron del “medioluto” a
alegres colores, y el difunto, que había aparecido vivo, siguió con su vida y
su trabajo, la de panadero.
Juan, “Juanico”
ya tenía a buen recaudo, en lugar seco y fresco, los huevos de los gusanos preparados,
y todo hacía presagiar que este sería un buen año, el mejor… las hojas con las
que iba a alimentarlos eran de la morera
mas grande de toda la huerta, la del patio de la abandonada casa del camino del
río.
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David Pérez Redondo:
ResponderEliminarSiempre acabo "to erisao" cuando leo tus relatos. No dejes de colgarlos, de verdad me parecen geniales. Enhorabuena
Olga Ortuño Hernandez:
ResponderEliminarMuy pero q muy chula la historia.!!!!..